El 10 de octubre de 2011, El Hierro, la más joven geológicamente hablando de las Canarias con apenas un millón de años de antiguedad, volvió a recordar que bajo sus pies había una isla viva. Frente a La Restinga, el océano comenzó a cambiar y, bajo la superficie del mar, una erupción volcánica transformó durante meses la vida cotidiana de los herreños y situó a la isla en el foco de la atención nacional e internacional. La erupción duró 148 días y finalizó el 5 de marzo de 2012.
El volcán submarino, nacido hace ahora 15 años a unos 5 kilómetros de la costa Sur de El Hierro y bautizado posteriormente como Tagoro, obligó a convivir con la incertidumbre a la población herreña con los largos meses precursores en los que se registraron miles de sismos a modo de enjambre con distinta intensidad y epicentros. La población de La Restinga fue evacuada en distintos momentos, se establecieron zonas de exclusión marítima y los científicos siguieron día a día la evolución de un fenómeno que ofrecía una oportunidad excepcional para estudiar el nacimiento de un nuevo relieve volcánico bajo el océano.
El mar, protagonista habitual de la vida de El Hierro, fue también entonces el escenario de un espectáculo insólito: aguas teñidas de colores, burbujeos, emanaciones de gases y cambios en el ecosistema marino. Mientras tanto, los equipos científicos desplegaban instrumentos y conocimientos para intentar interpretar lo que estaba ocurriendo bajo las aguas (la cima de este volcán se encuentra a unos 88 metros de la superficie del mar) y las instituciones, comenzando por el Cabildo de El Hierro, tuvieron que enfrentar una crisis de protección civil sin precedentes.
Quince años después, aquella erupción permanece en la memoria colectiva de la isla. El volcán dejó una profunda huella científica, ambiental y social y convirtió a El Hierro en un referente internacional en el estudio de la actividad volcánica submarina y de uno de los fondos marinos con mayor biodiversidad del Planeta.
Hoy, Tagoro es también memoria. Una memoria que recuerda que El Hierro no es solamente una isla nacida del fuego: es “una isla con alma” que continúa viva.